Héctor Abad Faciolince
Foto: © Federico Ruiz
Conversación con Héctor Abad Faciolince. Modera Antonio Lucas. Posterior concierto de Mayte Martín
Sábado, 18 Abril, 2026 - 20:00
Conversación con Héctor Abad Faciolince. Modera Antonio Lucas. Posterior concierto de Mayte Martín
Sábado, 18 Abril, 2026 - 20:00
Héctor Abad Faciolince

Nació en Medellín (Colombia), en 1958. Estudió Lenguas y Literaturas Modernas en la Universidad de Turín (Italia). Además de ensayos, traducciones y críticas literarias, ha publicado, entre otros, los siguientes libros: Asuntos de un hidalgo disoluto, Tratado de culinaria para mujeres tristes, Fragmentos de amor furtivo, Angosta, El olvido que seremos, Lo que fue presente, Salvo mi corazón, todo está bien y su más reciente libro, Ahora y en la hora.  Con su tercera novela, Basura, obtuvo en España el I Premio Casa de América de Narrativa Innovadora. De sus libros hay traducciones a más de quince idiomas.

Poema

Amigo


Amigo agonizaba y yo también.
O tal vez no. Pero sí. Era tal cual. 
Un cólico vulgar lo había doblegado.
Semejante figura de animal,
el sosiego encarnado, la fortaleza andando,
sudaba en la mitad de una batalla.
Recorría las lindes del potrero, enloquecido,
como si se pudiera escapar del dolor.
Escarbaba la tierra, echándole la culpa. 
Después se revolcaba sobre ella,
coceaba al aire repeliendo enemigos invisibles
y le salía espuma por la boca. 
Su piel de noche brillante de sudor.
Imagina un dolor del tamaño de un caballo. 
Los ijares dolidos, el vientre a reventar,
un respirar de huélfago, el pulso desbocado. 
Y de tanto dolor, dice el veterinario, 
al fin se le revienta el corazón. 
No pudieron salvarlo. 
Murió al amanecer del mismo día
en que entraba al quirófano este servidor.

Mi abuelo ganadero, Antonio Abad,
solía decir cuando se le moría un animal: 
“Me conmutaron la sentencia en el cielo”. 
Así se consolaba por sus vacas perdidas,
sus reses, sus novillos, sus terneras. 
La vaca había muerto para salvarlo a él,
a un nieto, una sobrina, un familiar.
Un sacrificio antiguo, un ritual campesino. 
Lo decía sonriendo, como si dudara, 
seguro e inseguro al mismo tiempo,
como un recuerdo que parece un olvido.

A mí, en el quirófano,
con el corazón quieto y los pulmones colapsados,
el cuerpo inerte a 34 grados de temperatura,
me arrancaban la válvula con que nací, aórtica,
y en su lugar me cosían otra
hecha con pericardio de vaca sagrada.

Amigo, mi gran caballo negro,
manso, grande y soberbio, lusitano,
se iba muriendo de dolor
mientras yo me salvaba sin sentir
ni la muerte ni la vida. Sin percibir la nada
de un cuerpo frío que no respira ni palpita. 
Al salir de la UCI me lo contaron sin detalles: 
“Amigo se murió al amanecer”.
Y yo pensé en mi abuelo, don Antonio. 
No sé si respiré o suspiré. Y supe, sin creerlo,
que me habían cambiado la sentencia en el cielo.

HAF